domingo, 31 de enero de 2010

DON MELCHO, AMIGO O ENEMIGO (2009): 1ra película huancavelicana

¿Qué es la película?

Pregunto, ¿qué tan fácil es sentenciar a una película andina, ínfima en recursos de todo tipo, como ‘deficiente técnicamente’? ¿Aprobarla por su sola esforzada existencia es acaso más válido?
Diatribas academicistas o complacencias chauvinistas son los polos opuestos comunes que suelen juzgar a estas producciones polémicas por su clara distancia con la estética archiconocida y aceptada, cuestión aparte de las culturas que representan estos reclamos o defensas. En el estreno en Lima (en Centro Cultural CAFAE) de Don Melcho, amigo o enemigo estos dos frentes se entrecruzaron durante el conversatorio con su director, Arnaldo Soriano: apasionados comentarios se dejaron escuchar, empero negados de algunos elementos de juicio que les favorecería una mejor aprehensión de la experiencia.

Que Don Melcho, amigo o enemigo sea la primera película de ficción íntegramente huancavelicana explica el afán reivindicativo de su director por colar en la narración expresiones artísticas locales, entendiéndolas como decoraciones y develaciones oportunas de una cultura obviada por el centralismo que reniega Don Melcho, y Soriano, entrelíneas. El contexto ochentero coincide aun con la actual realidad del Ande, ignorado de beneficios trascendentes y de justa repartición de bienes por parte del Ejecutivo. Entonces, Don Melcho es el ajusticiador de una causa que todos quieren, pero que nadie proclama. Sólo habría que preguntar a un citadino cualquiera para confirmar que el despojo de ricos para su repartición popular es una pose de ovación entre campesinos.

Este híbrido ingenuo -con tufillo orgulloso propio de los serranos- de ficción con documental que es la película ofrece una demostración idiosincrática-política de un pueblo poco favorecido de resoluciones y decretos estatales al que añade una cosmovisión andina a favor del trabajador de la tierra como dueño de ésta y contrario a los latifundistas expropiados por el gobierno de Velasco; asimismo, otros “testimonios” hacen palmario: performances musicales en quechua, danzantes de tijeras y festividades populares como La Fiesta de la Cruces con piques de caballos y corridas de toros.

Soriano define su película como “sólo una representación parcial” de la cultura huancavelicana, como si fuera un compromiso de cualquier autor fidelizarse y recrear su propio contexto fidedignamente para conocimiento masivo. Es que estas añadiduras (musicales y folklóricas) se motivan como el aprovechamiento de una oportunidad única, dentro de la marginalidad político-social de los pueblos del interior del Perú, para hacer conocer su sociedad, costumbres y fiestas. Valdrá más, Don Melcho, amigo o enemigo como una fracción (en vídeo) de la región Huancavelica de los últimos años que como un biopic de un compadre andino que fue héroe y villano en su propia tierra.

A todo esto:

¿De qué va la película?

Cual Padrino andino, Don Melcho maneja las influencias político-judiciales de su pueblo, con lo que se vale para ser abigeo, asaltante y corruptor impune, extendiendo ese provecho al servicio de la población mayoritariamente pobre. Una personalidad ambigua cuyo poder cubre toda la región.

Las varias situaciones en las que actúa el personaje intentan abarcar los muchos aspectos en los que Don Melcho tuvo injerencia. Capítulos aislados que parecen incongruentes por su desorden narrativo, pero que irisan y complejizan el perfil de este hombre, hoy leyenda. El celo obvio de Soriano por solemnizar cada paso de su personaje, sean delictivos o solidarios, lo hacen cómplice y partidario de su causa. Es que Don Melcho es un personaje ambivalente, intrigante, impertérrito, casi indescifrable, arquetipo –aunque desaforado- del coraje serrano, mucho más interesante que el señor T de El acuarelista, que Enrique Aet de Una sombra al frente, que Santiago de Máncora y que Felipe y Sixto de Vidas paralelas. Empero muchos criterios del filme desaprueban el mínimo rigor.

Soriano consiguió a actores y a técnicos empíricos para su reparto y staff. Si el director contaba con algunos conceptos académicos, aprendidos en la Escuela Provincial de Cine y Televisión de Rosario, Argentina, donde estudió en los 90, estos serían mal ejecutados por los no-profesionales a su cargo, en desmedro de la ya apocada producción; válida excusa para algunos yerros ominosos. Muchos directores andinos declaran alejarse de cualquier influencia foránea, a diferencia del cine hecho en Lima que –según indican- “sigue estereotipos norteamericanos”, por lo que no refleja “nuestra realidad”. El huancavelicano Soriano no sería parte de este grupo de trasgresores sino un no aplicado alumno de la ‘escuela formal’.

Rezan los rumores que los motivos y circunstancias de la muerte de Don Melcho son inciertos: la película, antes del flashback de “2 años antes” del inicio, sugiere un ataque a pedradas sobre su caballo, pero en el desenlace es víctima de un ataque de adversarios terroristas. Entonces, ¿los terroristas armados con rifles utilizaron piedras y no balas para atacarlo antes de montarlo a caballo para su regreso? Nunca lo sabremos los espectadores. Lo mínimo requerido es coherencia en la narración y ese final –más incierto que el verdadero fin de esta personalidad rural- atenta contra esa elementalidad.

No obstante, Don Melcho, amigo o enemigo da cuerda para una amena discusión.

La película completa en Youtube, aquí la primera parte:

miércoles, 13 de enero de 2010

LIMEÑO SALADO: José Luis, de Jesús Aranda


Un taxista que lee el tarot y que comparte sentimientos con su prostituta preferida. Un amante del fútbol barrial, de un club que sólo conoce de derrotas si él está presente: “salado”, le dicen, primero los hinchas; luego, los mismos lo persiguen a matar por la misma razón, cual correctivo. Es que la Lima de hoy no sólo señala y acusa sino agrede, y José Luis está en la posición de los inofensivos, de los que siempre corren: menudito con el rostro de la timidez, parece devorado por la bulla, el smog y la gente de una capital que no se acomoda a un solo perfil.

Chicha tu madre multicolora la capital caótica, la hace lúdica en su desorden, en su concentración de males menores y mayores, empero siempre pintoresca. En Chicha tu madre no es Lima la horrible sino una Lima irisada por la convergencia de culturas, costumbres y poses huachafas, un menjunje de sabores varios: una Lima kitsch, a lo mejor, donde ser José Luis es ser parte, pero también víctima. No derrama lisura ni tampoco bellaquería, con su bigote erizo y cabello que poco cubre su frente hace sus días en una ciudad caprichosa -no castigadora como la Lima ochentera del Grupo Chaski- que, variopinta, lo lleva del sosiego de su taxi a la bizarría del amor en un prostíbulo con naturalidad, propio de lo arraigado, de lo acostumbrado.

¿Chicha tu madre sentencia a la trastornada capital donde su héroe se desplaza? Gianfranco Quattrini, su director, sólo la polvorea con tonos pasteles y la ironiza con situaciones burdas y exageradas, adentrando a José Luis en el juego de escamotear sus diferentes niveles y modalidades de trabas urbanas.

De limeños hay muchos tipos: el susodicho es cual perdedor simpático, el humilde trabajador recursivo, que enfrenta con suspiros resignados las peripecias de su cotidianeidad. Acaso Chicha tu madre sólo quiere sonreír del descalabro de un hombre de pocas variantes, asimismo de la condición adversaria que es estar inmerso en una Lima tragona de voluntades apocadas. José Luis entre colores, olores y ruidos de metrópoli sobrevive apenas, corriéndose.

viernes, 8 de enero de 2010

Pendejo Feeling: SAÚL FAUNDEZ, de Gianfranco Brero


Saúl Faundez es cual tío de escrúpulos acriollados que encontramos en los rincones varios de la Lima superpoblada, el que hace escuela de la calle y se aventaja de los carezonzos. Las groserías y chabacanerías se amalgaman con su ingenio y experiencia, haciéndolo uno más de los capitalinos que sobreviven sobrando, ventilando su jerga. Saúl Faundez no es duro, ni siquiera defensivo, es un señor que hace su trabajo de calle “con calle”, con las armas precisas para hacerlo preciso, un hombre que dicta carajos en sus cuentos de amor, que narra hazañas de prostíbulo con solemnidad; es un hombre hecho en las chicherías, en la turba de una ciudad donde la sangre le da color en vez de satanizarla. Que el amarillista El Clamor, vocero populoso en escrito, sea el que acoja sus artes de pendenciero señala a la Lima suburbana de este siglo como aposento de la informalidad legal, donde también formal es chuequear las leyes y la moral con permiso.

Cuando Saúl Faundez, degenerado a personaje por las rigurosidades de un guión sensacionalista y enmendador de éticas pervertidas, intenta ser dramático, las acciones se disfuerzan y la impostación de tragedia incomoda, desdibuja su naturalidad cuando reportea muertes y consuela viudas con el desparpajo de un oportunista ducho. Por eso la secuencia de la muerte de Nelson, con añadidura del lloriqueo de Faundez, su padre, es lo peor de la película, pues Lombardi -el director, con su poder-, juzga en la Tierra a ese pecador exponiéndolo tal cual como él lo hizo en sus crónicas policiales diarias a otras víctimas de la muerte. Lo que sigue, o el remanente, es el metraje sentenciador con moralina contra toda la diseminación de “tinta roja” de Faundez y Cía.
Lo más fidedigno a la realidad, que Tinta roja intenta recrear con amarillismo fílmico, son los limeñismos gestuales y verbales de este Faundez: barrial escritor, cronista sensible de hechos insensibles o viceversa, en veces. No tanto un personaje complejo, mas sí una persona de verdad en una película.

Con justicia se rescata de ese bonachón discurso redentor de una Lima literalmente grisácea, la imagen de ese viejo zorro que la hace auténtica, matizada, nunca grotesca: sólo propia de nuestros días.

jueves, 31 de diciembre de 2009

MIS 10 DE LOS 10 AÑOS (2000-2009)

La década que acaba marca el inicio de mi cinefilia, del descubrimiento de obras, de nombres y el refuerzo de mis elementos de juicio. Con 50% corazón y 50% cerebro elijo siempre diez. Muchas quedaron fuera, de ustedes queda traerlas a colación y recordarlas.

Sin más , las contamos, leemos y vemos:


1. El Señor de los Anillos,
de Peter Jackson (2001, 2002 y 2003)

Ninguna película jamás me hizo sentir de nuevo niño como la trilogía del anillo. Personajes de cuentos de hadas que encarnizados combaten con malformados de pesadilla. Batallas emocionantes e inacabables. Despliegue de razas que buscan la extinción de la otra por medio de la valentía en una y del terror por la otra. Nunca se condensó mejor la aventura, la épica y la fantasía en las pantallas ¿Que las computadoras y los efectos especiales? Factores que la ortodoxia la considera muletillas, quién sabe por qué prejuicio.



2. Bailando en la oscuridad, de Lars von Trier (2000)

Película rica que parece pobre, dicen. Hipocresía que algunos condenan, humildad que otros defendemos. La fantasía se cola en la aciaga vida de una madre, Selma (Björk), que ciega progresivamente y se explota entre ruidos de fábrica en pos de operar su hijo de la misma enfermedad que ella sufre. Esos fierros chancados y tuercas oxidadas que rechinan en la fábrica son la tonada del musical con que sobrelleva Selma su vida, susurros o sonidos apenas perceptibles se amalgaman en música que colora y figura su alegría ante la imposibilidad de su vista. Acaso los musicales nunca gozaron de mayor naturalidad que cuando Björk se desliza en la fábrica, el ferrocarril o en su celda con cánticos de evasión a voz quebrada. Sin música, el drama de Lars von Trier es uno de los más desgarradores que mis ojos adolescentes vieron nunca.
Así hubieran cien cámaras filmando la ejecución de Selma no hace a Bailando en la oscuridad menos obra maestra que de hacerse con una sola handycam.



3. Con ánimo de amar
, de Wong kar-wai (2000)

Dos engañados frustran su amor “por impuro”, por asemejar condiciones de la infidelidad que sufren por sus respectivos cónyuges, invisibles, ausentes, de los que sólo se habla y lee. Los flirteos, los acercamientos, las sudoraciones de los dos engañados refuerzan el dolor de su amor autoprohibido y por eso enternecen sus alejamientos: porque el orgullo se impone a la pasión, porque no quieren ser lo que odian. Que el Quizás, Quizás, Quizás de Nat King Cole resuene a varios ratos es por la repetición del lugar común, de lo potencial de una pasión facilitada por quienes deberían prohibirla pero que nunca se concreta. Con ánimo de amar tensa y enamora, impone la fatalidad para engraciar el melodrama y lo consigue sin parecer desgraciada.



4. Luz Silenciosa
, de Carlos Reygadas (2007)

Que su contexto sea una comunidad menonita de población aria, de idioma recóndito y de naturaleza rural, figura a la historia como una fábula de tiempo-espacio indefinido, donde el purismo del ambiente expía las pervertidas cuestiones humanas que podría manifestar un tratamiento más urbano del mismo motivo. Luz silenciosa es un relato romántico en su sentido más estricto, deificado por la luminosidad de su puesta en escena y humanizado por el aspecto victimista de los involucrados en el frenesí, criaturas desaventajadas ante sus hirientes conflictos sentimentales y sus confrontaciones con el mundo del pecado.

El intercambio de amor por paz a través de un beso entre las mujeres, filmado por Reygadas como el trueque entre la vida y la muerte, la felicidad y la desaventura, respectivamente, es la secuencia cumbre de Luz silenciosa, instante recordatorio como la “resurrección” de la esposa, cuando se desenlaza el conflicto afectivo en una última concesión por parte de la amante, quien cede de su pasión a cambio de la mansedumbre de su alma. La espiritualidad de los personajes emerge como celo primordial de sus motivaciones, lo que da a la película un ventisco de teorema existencial sobre lo pasional como motor de acciones.

Luz silenciosa es una película de interpretación de gestos y de lectura, prácticamente nadie habla el dialecto original de los parlamentos, lo que emboza virtuales carencias interpretativas de sus figurantes -despropósitos de sus dos primeros filmes- y eso es un indudable acierto, asimismo una corrección de estilo.



5. Gran Torino
, de Clint Eastwood (2008)

Gran Torino habla del legado perdido de las generaciones conservadoras, un auto cosifica esa herencia que aún puede recuperarse en la juventud vándala que escenifica. Blandengue me siento ante los dramas de Eastwood: éste, sentido, sin concesiones y con sacrificios de remate sólo refuerzan la sensiblería por la que nos dejamos llevar por su maestra manipulación de los momentos dramáticos y trágicos.

Eastwood es constante con su maestría, salvo su tropiezo de este mismo año que fue El sustituto, una de mis odiadas del 2009 y la que me hizo temer sobre su senilidad. Angelina Jolie explotada en todos sus gestos sufridos, además de las situaciones “de la vida real” tratados como telefilme lastimero. Gran Torino llegó para hacer olvidar molestias y elevar un peldaño más a Clint Eastwood, quien deja testamentos fílmicos en cada entrega. Gran Torino deja el acta de defunción de Clint como actor, razón suficiente para que se apunte como un clásico del cine estadounidense de siempre.



6. El silencio de Lorna
, de Jean Pierre y Luc Dardenne (2008)

Esta vez, los Dardenne, ya no retratan el descalabro de un personaje sumido en situaciones límites, sino que postulan y ejecutan una redención de su protagonista, aspecto focalizado antes en La promesa, con tufillo solemne y aventurero, y amagado en Rossetta y El niño con pretensión sugestiva, aún así lograda.

La cámara siempre inquieta, se acerca a sus personajes en interiores, los ensaya íntimos, y los enfría en las grises calles que transitan. Lorna es belga ante la comunidad, cuya mirada juiciosa no penetra las cuatro paredes donde es una inmigrante que vende su estado civil y ciudadanía, recién conseguida por un acuerdo turbio, por estabilidad económica. Asimismo, Claudy, el belga que Lorna desposó por conveniencia, es dadivoso y comprensivo cuando no está angustiado por la heroína que lo hace adicto. La imagen del europeo promedio, sosegado y plácido ante la rutina, es filmada por los Dardenne en exteriores, desdibujando ese perfil en cerrados ambientes donde las miserias se ejecutan sin aspavientos.

El contexto representado es invariable en esta etapa de su obra. No se valen del suburbio de la actual Bélgica para endilgar vilezas a los figurantes de ese entorno, no señalan a los antagonistas como opresores de las buenas costumbres, ni los perfilan como mafiosos y pandillas incontestables, sino como usureros de las circunstancias, timadores urbanos, que empatizan con la condición callejera de sus personajes perturbados. Esa empatía es sostenida por mutuo acuerdo. En el cine de los Dardenne no hay tiranos ni coaccionados héroes, solamente pervertidos individuos que desarrollan su plan de vida en vicios y fijaciones azarosas.



7. Golpes del destino, de Clint Eastwood (2004)

Los storylines de telefilmes en manos de Eastwood se hacen melodramas consistentes con vueltas de tuercas conmovedoras. Ayudado por su hijo Kyle en la música para los momentos claves del drama y la tragedia, Clint coge un drama de ascenso y descenso del éxito, con el valor agregado de que los involucrados son patéticos de sus propios tópicos y cada uno se aferra al deseo del otro por sus necesidades propias, entonces estos matices, dentro de los muchos grises donde discurre el relato, aportan inteligencia a una historia proclive al llanto, a las malas noticias; tal confluencia tiende a bajar sin reparos, pero cómo Eastwood maniobra y conjuga los elementos para ofrecer una obra maestra con las letras plañideras de un Paul Haggis, el guionista, que perpetraría su inefable Crash cuando dirigió: obra fundamental del racismo y de la manipulación morbosa de las situaciones límite.



8. La maldición de la flor dorada
, de Zhang Yimou (2006)

Los componentes que disfruto de los animes y mangas seinen son los mismos que de las películas wuxia, éste es uno de sus mejores exponentes y no sólo de la década. La realeza como el eje de la ambición a gran escala, peleas voladoras coreografiadas, una familia (real) enfrentada por el poder y el amor, escenarios imponentes de colorido y monumentalidad más poetización en la dicción de los parlamentos: una épica casi recitada en mandarín. La mustia canción de los créditos Júhua Tái, de Jay Chou, cierra triste su visionado. La maldición de la flor dorada también me regresa a niño.



9. Expiación, deseo y pecado
, de Joe Wright (2007)

Mi apuesta en esta lista. En un epílogo memorable, en búsqueda de exculpación, la malhablada Briony narra el antes, durante e infeliz después de los hechos ocurridos por su delación en las páginas (audiovisuales) de su novela –llamada también Expiación- que recrea y asimismo ficticia los hechos que la enfrentaron con su hermana y novio . Es Expiación la película, Expiación la novela -la ficcional de Briony-, una mirada subjetiva de los hechos por parte de ella, hasta antes del desenlace con la que apela a la redención consigo misma.

Si bien la última secuencia es la que carga con la emotividad entera del filme, es la primera parte la más lograda cinematográficamente. Wright propone una anti-elipsis para anteponer los actos trascendentales de las escenas (la fricción sexual de la pareja en la pileta del jardín o la del sexo en la biblioteca) al antecedente y consecuencias inmediatas de las mismas, generando suspenso y potenciando una variación inocua no aplicada de esa situación agravante, ya actuada y pecada. Pulsiones alcahuetes que compartimos con la intención del autor. Recurso que utiliza sólo en el capítulo de la casona.

Expiación es una novela, de Ian McEwan, adaptada película, de Joe Wright, en la que una novela recreada es la base del relato, la Briony Tallis. También la película hace reverencia al poder de la escritura para escribir y reescribir Historias.



10. Petróleo sangriento
, de Paul Thomas Anderson (2007)

En Petróleo sangriento asistimos al curso de la batalla de la codicia, encarnada en un Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) aplastante, usurero de masas crédulas y ducho del floreo demagogo, en disfraz de surgidor magnate petrolero y de abnegado padre. Contado en un emergente siglo XX, cuando el “oro negro” se presentaba flamantemente como materia de disputa, este siniestro juego de alcance de poder desarrolla sus motivos no sólo con el unipersonal de Plainview sino se refuerza con una variante del mismo arquetipo, el charlatán eclesiástico Eli Sunday (Paul Dano), con quien rivalizará implícitamente por atención y favor del auditorio popular.

Anderson contextualiza su duelo de rapaces en campo agreste, idóneo como escenario de guerra -aunque esta sea sólo de verbo y avivamiento-, mostrando en jornadas alternas el histrionismo en sus respectivas faenas tanto del magnate como del orador, ambos personajes explotadores, ofertantes de bonanza, que finalizarían su lid en un encuentro antológico en la sala de bolos de Plainview. Petróleo sangriento es un seguimiento expectante a la avara carrera del pastor maldito que es este último, explorando también sus recovecos afectivos, en los casos de su hijo adoptivo y de su supuesto hermano.

Petróleo sangriento es el marco aciago de la época que data el sueño americano, del que Daniel Plainview es su afeado rostro modelo.

lunes, 28 de diciembre de 2009

BALANCE 2009: Mis diez en las multisalas


Primero el año que se va.

Pareciera que el pasado 2008 fue superior en estrenos -principalmente por su arranque, con la temporada de premios que dejó mis preferidas del año entero- empero no lo considero cierto en discrepancia con muchos. En impresión, este 2009 pareciera irregular en comparación al año anterior, y es que mis favoritas se repartieron a lo largo del año, por estaciones, y no se condensaron en un inicio de año notable para la calidad de nuestra cartelera, que siempre nos inclina a preferir el DVD, y pirata. Cada película nombrada tuvo su tiempo en mi altar.
Considerable cantidad de películas buenas y estimables anduvieron por las multisalas, aún así elijo sólo 10 porque de eso depende el juego. Sin suspenso, del mejor al menos-mejor:

1. Gran Torino: Varios fanáticos de los automóviles asistieron al cine para ver correr al setentero Gran Torino; a cambio, muchos salieron conociendo y admirando tarde al maestro Clint tanto como su motivación de cuatro ruedas. Gran Torino habla del legado perdido de las generaciones conservadoras, un auto cosifica esa herencia que aún puede recuperarse en la juventud vándala que escenifica. Blandengue me siento ante los dramas de Eastwood: éste, sentido, sin concesiones y con sacrificios de remate sólo refuerzan la sensiblería por la que nos dejamos llevar por su maestra manipulación de los momentos dramáticos y trágicos. Imposible ya que se equivoque.

2. El matrimonio de Lorna: El cine de los hermanos Dardenne, además de refinarse, se complejiza y explora nuevos derroteros. El personaje de Lorna es perturbado, lóbrego y malhechor si es necesario, pero no en pos de un bar propio sino por el borrón de su pasado que significa miseria y padecimientos. Todo se admitirá para que lo belga cale en los huesos de Lorna y por eso necesita radicar y negociar por esas latitudes. El silencio de Lorna orienta sus ambiciones a la evolución de su protagonista, conmueve tanto como perturba su expiación al proteger una supuesta vida próxima en su vientre. Lorna deja atrás su vida belga, a la culpa, al dinero y documentos incluidos, para refugiarse en las entrañas de la nada, donde supuestamente emergió.

3. El luchador: Sin optimismo, y sin estridencia, Aronofsky señala que solo hay un camino en la vida, así seas luchador. Dícese en El luchador que el sendero de la vida se bifurca en “lo que se puede hacer” y en “lo que se quiere hacer”, la complicación es que no siempre se puede lo que se quiere y cuando se puede, algo se deja o pierde. Los problemas de este luchador, Randy, no son cardiacos sino del corazón romántico: su hija y su amada están del flanco contrario al de su pasión luchística y sus vicios. Esa decisión desenlaza este filme que entrelíneas ensaya una reflexiones sobre el paso del tiempo, el fracaso y el olvido. Mickey Rourke y sus fealdades faciales toman considerable protagonismo.

4. Bastardos sin gloria: Aquí Tarantino juega a señalarnos jueces de la moral con la violencia justificada, dándole permiso a nuestro taimado fervor asesino para que desfogue su morbo durante los 153 minutos que dura la sesión. Eso es lo divertido, ver el gesto de la banda de Brad Pitt y girar la vista para ver el vacilón de las butacas vecinas. Seguimos a un ejército cazador que imita el modus operandi de sus sabuesos con métodos igual o más radicales y cruentos con el permiso de nuestras conciencias. A ambos bandos los mueve la xenofobia, no la defensa.

El cine, y lo sabe un amante suyo como lo es Tarantino, tiene el poder de escribir la Historia en las imágenes que proyecta, de crear mundos tan paralelos como distantes con los elementos de pasajes ya existentes y conocidos como son la Segunda Guerra Mundial y el desenlace del Tercer Reich.

5. [REC]: Cada vez es más se valora el hallazgo de un de horror efectiva. [REC] no solo hace presencia cumplidora sino que es verdaderamente aterradora. Que una débil viejecita arremeta potente contra policías y bomberos o que una pequeña niñita arranque de una sola mordida la nariz de su madre dejan en manifiesto la nocividad del virus y lo sórdido de los alcances sangrientos de la propuesta de Balagueró y Plaza, que con la intención del tiempo real por el efecto de la cámara al hombro cual reportaje nos hace partícipes de ese escabullimiento miedoso por salvar la vida. La complicidad de los silencios en la sala más los gritos precisos en sus momentos y duraciones hicieron de [REC] una experiencia redonda.

6. Che: el argentino: El Che Guevara deja de ser calcomanía para adentrarse en el bosque y recrear los movimientos de su leyenda. El Che como revolucionario, como hermano guajiro, como político representante. Soderbergh postula mayor verosimilitud de su filme con la simulación de material de archivo, pero principalmente con el español en los parlamentos con el acento cubano que no se soslaya. Como filme de ficción Che: el argentino es un excelente documental y eso aquí es un acierto. La parte que la completa, Che: guerrilla, nunca estrenada en Perú, recomiendo adquirirla en DVD de cualquier precio.

7. La teta asustada: Un canto de querella se abate en el oscuro granulado de la pantalla. La voz de una anciana quebrada por los años y los maltratos, antes de apagarse, deja su dolor por testamento a su hija, quien lo acoge también cantando en un quechua desafinado pero piadoso. Esa transferencia del miedo se da cual herencia única entre madre e hija, marcando el punto de partida del enfrentamiento con la realidad de esta última, Fausta, que cargará con su varada difunta como símbolo de su susto legado.

Siguiente al cántico, Fausta, frágil y sola, de espaldas a la gran ventana del cuarto, es apocada por las casas y cerros que se expanden en el cuadro. Una Lima agreste se ubica como contexto, que a su vez es el puente exacto entre las dos realidades en las que Llosa interactúa y de las que coge elementos, lo rural y lo urbano. Manchay es la localidad donde estas dos culturas confluyen y donde La Teta Asustada desarrolla sus motivos.

En esa escena de tan sólo dos tomas, de opuestas perspectivas, la directora condensa en una habitación el par de frentes demográficos que maneja, señalando las condiciones íntimas del conflicto -de naturaleza serrana- con la agonía de la madre, como también las dificultades externas del mismo en un ambiente adverso -como la bravura de las afueras de la ciudad- con el contraste entre el timorato gesto de Fausta y las irregularidades de la geografía donde se ubica. Es un prólogo diáfano, filmado con pulso veterano y sensibilidad manipuladora que da miedo, pero complace por efectivo.

Con tan solo esa secuencia vale su inclusión en la lista.

8. Planet Terror: Mi comedia del año. Es que tanta bizarría no puede provocar más que risas. Fue la primera estrenada del díptico Grindhouse, la encargada a Robert Rodríguez, el de Sin City. El planeta humeado por gases tóxicos que convertían a zombies a milicos subversivos y a casuales inhaladores, mujeres que ametrallan con la coja, enfermeras implacables con sus jeringas de colores, pequeñines vagos con la destreza conjunta de Van Damme/Rambo. El título de un planeta sumido en el terror suena a burla tras los créditos finales. Mejor sabor de boca me deja que su otra parte, la siguiente:

9. A prueba de muerte: En esta película, Tarantino no da puntada sin hilo en señalamientos a la falibilidad del celuloide como defecto humano en la producción de un filme, a las hazañas de los dobles de acción con tufillo heroico y redentor, asimismo al disparate de la serie B, a todos sus componentes y lugares comunes, como asilo kitsch de la inagotable cultura pop. Todos enmarañados con la hilaridad de un inteligente venerador de su amante de nitrato.

10. La duda: El Philip Seymour Hoffman de La duda es mejor que cualquier otro; lo genial de Capote y Antes que el diablo sepa que has muerto es superado por la tibieza y expresión tan miedosa como ambigua que estremece de un padre Flynn que nunca contesta ni demuestra inocencia o culpabilidad a las acusaciones que se le espetan. Meryl Streep dota a la bonita Amy Adams de una gracia y talento que no le eran propios e iguala un nivel que provoca suspiros y buenas memorias. Viola Davis aparece, habla, encanta, se va y hasta pide Oscar. Cuatro delietes en escena que me hacen más simpática a la Iglesia católica. La duda, o el prejuicio, es como pocas: un embeleso al oído.

Al recordar sus pasajes pienso si debí subirla al podio.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Ell SILENCIO DE LORNA: La película del año


Con El silencio de Lorna para nada detecté un estancamiento o una repetición de discurso en el cine de los belgas. Sus búsquedas encuentran nuevos derroteros tras cada entrega, sus miradas se complejizan y abarcan más que lo empezado con La promesa, donde el remordimiento es el motor del arrepentimiento de un niño que sabe sólo de manipulación y timo.

Esta vez ya no se retrata el descalabro de un personaje sumido en situaciones límites, sino que postula y ejecuta una redención de su protagonista, aspecto focalizado antes en La promesa, con tufillo solemne y aventurero, y amagado en Rossetta y El niño con pretensión sugestiva, aún así lograda.

La cámara siempre inquieta, se acerca a sus personajes en interiores, los ensaya íntimos, y los enfría en las grises calles que transitan. Lorna es belga ante la comunidad, cuya mirada juiciosa no penetra las cuatro paredes donde es una inmigrante que vende su estado civil y ciudadanía, recién conseguida por un acuerdo turbio, por estabilidad económica. Asimismo, Claudy, el belga que Lorna desposó por conveniencia, es dadivoso y comprensivo cuando no está angustiado por la heroína que lo hace adicto. La imagen del europeo promedio, sosegado y plácido ante la rutina, es filmada por los Dardenne en exteriores, desdibujando ese perfil en cerrados ambientes donde las miserias se ejecutan sin aspavientos.

El contexto representado es invariable en esta etapa de su obra. No se valen del suburbio de la actual Bélgica para endilgar vilezas a los figurantes de ese entorno, no señalan a los antagonistas como opresores de las buenas costumbres, ni los perfilan como mafiosos y pandillas incontestables, sino como usureros de las circunstancias, timadores urbanos, que empatizan con la condición callejera de sus personajes perturbados. Esa empatía es sostenida por mutuo acuerdo. En el cine de los Dardenne no hay tiranos ni coaccionados héroes, solamente pervertidos individuos que desarrollan su plan de vida en vicios y fijaciones azarosas.

La expresividad de la cámara y sus movimientos es la que marca la pauta emocional de la acción dramática, denotando angustia al cerrar un plano al rostro, o distensión al mostrar uno abierto con zumbido. Un estilo influyente para la actual producción del este europeo, principalmente en Rumania y Hungría con Mungiu y Fliegauf, respectivamente.

El silencio de Lorna orienta sus ambiciones a la evolución de su protagonista, conmueve tanto como perturba su expiación al proteger una supuesta vida próxima. Lorna deja atrás su vida belga, con culpa, dinero y documentos incluidos, para refugiarse en las entrañas de la nada, donde supuestamente emergió.

domingo, 29 de noviembre de 2009

LATETA... DE ORO: Lo que se dijo en su momento


Texto exclusivo para la web argentina Otroscines.com


DE BERLÍN A VÍSPERAS DE SU ESTRENO

Inicios de año. En Perú empieza sin mayores sobresaltos, los personajes de la farándula también toman vacaciones y eso se nota en la calma del amarillismo. La prensa se ocupa de los muertos en carretera y del figuretismo del presidente García, que no cansa de subirse a todo tipo de estrados para desgastar cuanto micrófono cae en sus manos.

Cuando la última película de Claudia Llosa fue seleccionada para la Competencia Oficial de la edición 59 de la Berlinale, pocos fueron los interesados a pesar de ser un hecho inédito. Algunas pequeñas notas en los diarios lo informaron, cumplieron con la noticia, al igual que los medios cinéfilos con algunos adjetivos entusiastas de más. No mucho pasaba.

Mientras tres gatos seguíamos los pasos de Llosa y Cía. en Alemania, llegaría el preludio del posterior revuelo: lateta... ganó el premio FIPRESCI, los internacionales críticos asistentes le subieron el pulgar a la co-producción peruana-española a vísperas de la ceremonia de clausura y premiación. Cualquier cosa podía esperarse ya.

La ceremonia reservó la mención a lateta... hasta su final, negándole todos los Osos de Plata previos. De la voz áspera de la presidenta del jurado, una Tilda Swinton sin maquillaje, se diría, con un español masticado, el nombre de la película que hablamos, acreditándole el máximo premio en Berlín.

Lateta... ganó el Oso de Oro” decía cuanto medio en señal abierta existe sólo pocas horas después del suceso. A la noche siguiente, reportajes a vuela pluma en los noticieros dominicales competían al unísono por quién jabonaba mejor el acontecimiento, insinuando que se había ganado un equivalente al mundial del cine.

Todo el mundo se enteró, a todo el mundo le interesó.

Inmediatamente lateta… fue acogida por el pueblo como objeto de culto sin haberse visto siquiera 5 minutos de su metraje. Su triunfo internacional bastó para elaborar alrededor de las figuras de Llosa, la “gringa divina”, y Magaly Solier, “la cholita linda” (directora y protagonista, respectivamente), los arquetipos del éxito. Una casi inviolable aura inmaculada rodeó a lateta... a ojos de la plebe, hasta su locación principal, Manchay, un Asentamiento Humano pedregoso, es ahora un lugar muy visitado. El fenómeno había tomado forma.

LA POLÉMICA ANTESALA

El premio le dio garbo a la polémica en vez de evitarla. Los fieles detractores de la bonita peruana entraron con la pierna en alto desde el saque.

Desde Madeinusa, Claudia Llosa demostró su particular pluma imaginativa. Intrépida, incómoda. Escribió la sórdida costumbre pagana del Tiempo Santo, temporada de pecado y libertinaje celebrada, en lugar de la católica Semana Santa, en un recóndito poblado andino, valiéndose de la prejuiciada imagen del indio peruano para pretender verosimilitud de su licenciosa premisa. Que esa impúdica tradición ficticia sea rural lo hace creíble, piensa Llosa, motivando de inmediato férreas críticas de distintos y variados sectores de las letras criollas. Se le cuestiona la atribución babélica y fantástica a las etnias serranas, para ella enigmas inciertos desnudos ante su tino creativo. ¿Tufillo de racismo en el resultado? ¿Su óptica es sub-estimadora, propia del criollo hacia el cholo? ¿Experimenta con el segundo como conejillo de ficción? Esta línea siguió en lateta... ; los cholos aún en el eje y las controversiales pinceladas “de ficción” que provocan acaloradas habladurías.

Claudia Llosa, de mirada foránea hacia lo serrano a pesar de su nacionalidad peruana, es la favorita de la polémica intelectual, el blanco de los defensivos opinantes de tez marronácea. Altera y desafía los tópicos de la ruralidad peruana, fantasea con sus caracteres, pero reflexiona sobre los mismos; nomás es su campo de acción, aunque provoque comezón a más de dos.

La mentada “mirada foránea” hacia lo desconocido e intrigante –con la que Llosa escribe sus guiones- suscita el desaforo de la fantasía sobre un punto, nadie niega ese prejuicio, pero, ¿acaso imaginar no es prejuicio de por sí? Lo hicieron los yanquis del western cuando filmaban salvajes indios, o los clásicos con los caníbales africanos. En nombre de la ficción se admiten groserías varias, aún así Madeinusa y lateta... –guiñadas trastocadas de la realidad del Ande, eso sí, para la turbación- no son atentados contra ese permiso, sino nuevas (y pretenciosas) declaraciones subjetivas, lo cual es de lo más saludable.

LO INMEDIATO A SU ESTRENO

El alboroto mediático por la película se tradujo en interés popular, faltaba que ese interés se haga tangible en las boleterías. 55 000 personas en su primer fin de semana abrazaron a la única cinta nacional en cartelera, atrás quedaron Slumdog millonaire, Watchmen, Che y la versión tridimensional de la chiquillada de los Jonas Brothers.

Sin embargo, se extendió la insatisfacción de gran parte del público ni bien aparecen los créditos finales. ¿Aburrimiento? ¿Decepción? ¿Incomprensión?

Así el título parezca sugerirlo, no hay tetas al aire, por lo que los varios pícaros y mal acostumbrados visitantes del cine peruano no encontrarán aquí refugio ni el humor chabacano y barrial que los refleja; sin extrañárseles, los rostros conocidos de la farándula kitsch también faltan. Las “lisuras y calatas”, populares clichés del cine peruano, son ajenos a la detallada simbología de lateta..., que somete parte de la cultura chicha del lumpen a su atrevida trasgresión de lo “real”. Más difícil de comprender que aburrida o decepcionante.

Canciones en quechua que elucidan la supuesta condición serrana del malestar de Fausta; una papa intrauterina que enraíza (su miedo) y adolora progresivamente cual infección; un trato mefistotélico de intercambio perlas-inspiración entre ella y su empleadora Aída, respectivamente; el cadáver varado de su madre que representa el estancamiento de su estado de ánimo timorato; la flor de papa creciente que graficará su evolución social. Metáforas al minuto a esperas de su decodificación, un pretensioso pero simpático ejercicio -propio en la obra de Llosa- paralelo a la historia.

Lateta..., sin rococó, es la crónica del miedo a la adaptación mundana de Fausta, con un atisbo de rebeldía como conmovedor final contestatario. Una fábula adulta contra los prejuicios amedrentadores, contra las limitaciones auto-impuestas, que impulsa el despojo de las querellas ajenas como solución primera.

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Desde su arribo, por todo lo alto a su tierra, La Teta Asustada llenó salas, armó sustanciosas polémicas, abarcó cuanto medio existe y encendió una esperanzadora vela más por el bien de nuestra historia fílmica. Por lo demás, Claudia Llosa es una autora a tomar muy en cuenta en el auspicioso marco del cine latinoamericano actual.

jueves, 26 de noviembre de 2009

THERE WILL BE BLOOD (2007): El aciago sueño americano

de Paul Thomas Anderson


En Petróleo sangriento asistimos al curso de la batalla de la codicia, encarnada en un Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) aplastante, usurero de masas crédulas y ducho del floreo demagogo, en disfraz de surgidor magnate petrolero y de abnegado padre. Contado en un emergente siglo XX, cuando el “oro negro” se presentaba flamantemente como materia de disputa, este siniestro juego de alcance de poder desarrolla sus motivos no sólo con el unipersonal de Plainview sino se refuerza con una variante del mismo arquetipo, el charlatán eclesiástico Eli Sunday (Paul Dano), con quien rivalizará implícitamente por atención y favor del auditorio popular.

Anderson contextualiza su duelo de rapaces en campo agreste, idóneo como escenario de guerra -aunque esta sea sólo de verbo y avivamiento-, mostrando en jornadas alternas el histrionismo en sus respectivas faenas tanto del magnate como del orador, ambos personajes explotadores, ofertantes de bonanza, que finalizarían su lid en un encuentro antológico en la sala de bolos de Plainview. Petróleo sangriento es un seguimiento expectante a la avara carrera del pastor maldito que es este último, explorando también sus recovecos afectivos, lo que dilata en desmedro la cinta –especialmente, lo dado con el arribista que decía ser su hermano, siendo quisquilloso con su notable metraje en líneas generales-.

Dos son las secuencias con las que se explicita el careo entre los dos buhoneros, dos actos dramáticos que afloran las mejores performances actorales de Eli y Plainview ante su público y ante ellos mismos; la primera, en la que convenidamente, en pos de la consecución de un fecundo territorio, el petrolero se bautiza a manos del propio Eli, quien le bofetea y obliga a gritar sus vergüenzas como oración de perdón; y la final, con sabor a revancha definitiva, en el salón de bolos, donde se liquida el pleito con sangre entre manos, el magnate remata al seudo religioso, quien acudía a él por ayuda, tras desquitarse por el episodio del bautizo con una recreación similar esta vez favorable a Plainview. Chirriantes escenas de válida sobreactuación donde las caretas se tornaron piel para llevarlas a su límite de hipocresía.

Petróleo sangriento es el marco aciago de la época que data el sueño americano, del que Daniel Plainview es su afeado rostro modelo
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miércoles, 25 de noviembre de 2009

LUZ SILENCIOSA (2007): Mi top latino de la década

de Carlos Reygadas

El regodeo visual y el tempo contemplativo -degenerados a cliché de la posera “fórmula del tedio”- disipan su habitual calificativo d’art a cuentagotas, sólo cuando una visión artística los evolucionan a recursos expresivos, a estilo de autor, como lo dado en la tercera obra del marginal Carlos Reygadas, las muletillas se hacen pinceladas.

Luz silenciosa es el final del escabroso pero lubricado túnel que representan Japón y Batalla en el cielo; ostentosa, grandilocuente, por su explícito misticismo y sus motivos trascendentales, se sabe extraordinaria.

Que el contexto sea una comunidad menonita de población aria, de idioma recóndito y de naturaleza rural, figura a la historia como una fábula de tiempo-espacio indefinido, donde el purismo del ambiente expía las pervertidas cuestiones humanas que podría manifestar un tratamiento más urbano del mismo motivo. Luz silenciosa es un relato romántico en su sentido más estricto, deificado por la luminosidad de su puesta en escena y humanizado por el aspecto victimista de los involucrados en el frenesí, criaturas desaventajadas ante sus hirientes conflictos sentimentales y sus confrontaciones con el mundo del pecado.

El intercambio de amor por paz a través de un beso entre las mujeres, filmado por Reygadas como el trueque entre la vida y la muerte, la felicidad y la desaventura, respectivamente, es la secuencia cumbre de Luz silenciosa, instante recordatorio como la “resurrección” de la esposa, cuando se desenlaza el conflicto afectivo en una última concesión por parte de la amante, quien cede de su pasión a cambio de la mansedumbre de su alma. La espiritualidad de los personajes emerge como celo primordial de sus motivaciones, lo que da a la película un ventisco de teorema existencial sobre lo pasional como motor de acciones.

Luz silenciosa es una película de interpretación de gestos y de lectura, prácticamente nadie habla el dialecto original de los parlamentos, lo que emboza virtuales carencias interpretativas de sus figurantes -despropósitos de sus dos primeros filmes- y eso es un indudable acierto, asimismo una corrección de estilo.

La mirada de Reygadas maniobrando desciende del cielo al campo, fisga y atestigua el melodrama y asciende impávida cual ojo omnipresente. Toda Luz silenciosa parece ser un simulacro de Edén, donde los errores se toman como lecciones de crianza.

domingo, 22 de noviembre de 2009

OTRO BUEN MEXICANO: DAMIÁN ALCÁZAR


De todo mal rato se puede hacer una salvedad; como de ver un filme tan berrinchudo como la colombiana Satanás, regordeta de disfuerzos y explotadora de sus personajes, destinados literalmente a sufrir de balazos. De ese desfile lastimero de voluntades retorcidas se rescata un camaleón de tostado rostro expresivo, con amplia frente como tope de su retaco cuerpo: un Damián Alcázar que hace de este insoportable catálogo de calvarios una historia con sensibilidad; burda, pero sincera, de la que se recuerda con nitidez solamente los párrafos de acción suya.

Su guiño villanesco sería cambiado radicalmente de contexto para su siguiente paso, esta vez más resonado y remunerado que los anteriores, aún juntos, según su propia voz. Esta vez ya no enfrentaría a su Satán interno sino a la audacia de 4 niños en un mundo fantástico. De los suburbios de Bogotá a la encantada Narnia, último paradero conocido del mexicano de acento convenido a sus roles. El Príncipe Caspian es una película destinada al olvido inmediato, sus pocos valores ameritan su fugacidad en la memoria, quedará, sin embargo, la diana curricular de un mexicano en esta mega producción. Un ascenso si consideramos a la atención de los gringos como un resalto.

Habría que regresar a inicios del siglo para recordar sus desenvolvimientos más aplaudidos, todos hechos en su natal México: en La Ley de Herodes (2000) sería el alcalde improvisado Juan Vargas, degenerado a tirano ambicioso por gusto al poder, personaje por el que sería reconocido por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas con un Premio Ariel como el mejor intérprete, repitiendo el logro de dos años antes con la road movie Bajo California, primer rol importante en su carrera dedicada al largo. Por ser el armamentista padre Natalio en El crimen del padre Amaro (2002) recibiría su tercer Ariel, esta vez como secundario, confirmando que su sensibilidad es gustosa de los jurados hasta en segundo plano.

Lástima que los importantes agentes del cine de nuestra región sean valorados y reconocidos sólo por una caterva que espulga entre catálogos piratas, carteleras internacionales y voceadas elitistas; poco que se hable o muestre para que entienda a interesados e infaltables curiosos. Nombres como el de Alcázar pasan indiferentes cual común peatón, mereciendo una mejor atención.